En la vertiente sur de Sierra Morena, entre los kilómetros 9 y 16 de la carretera del Santuario, las Viñas de Andújar se asientan sobre un tapiz suelto y arenoso, excepcionalmente adecuado para el cultivo de la vid. Topónimos como «Viñas de Peñallana«, «Capellanía«, «la Alcaparrosa«, «Valdeinfierno» o «los Majuelos«, son las huellas de una historia vinícola casi olvidada. Así, los naturales de esta zona se autodenominaban viñeros, un gentilicio que marca una clara distinción con los andujeños (los habitantes del núcleo urbano de Andújar) y los serreños (aquellos que viven en parajes más adentrados en la sierra).

El aislamiento secular de esta comunidad comenzó a resquebrajarse con la construcción de la carretera, y se aceleró en las décadas de 1950 y 1960. Los testimonios recogidos pertenecen a la última generación que conoció plenamente una forma de vida apegada a la naturaleza y sus ciclos. Sus recuerdos son, por tanto, irrepetibles.

Un documento de 1672 rescatado por Manuel Corchado Soriano en su artículo para el Boletín de Estudios Giennenses “Historia de una Viña”, nos ofrece una ventana fascinante a la vida y el estatus social de una familia de estos pagos, la de Pedro Ramírez de Zamora. Con motivo de la boda de su hija, se entrega como dote una porción de la heredad (cuatro aranzadas) junto con un detallado ajuar. El inventario, con un valor total de 4.877 reales y 11 maravedíes, demuestra que los Ramírez pertenecían a una clase media acomodada. Algunos de los bienes más curiosos incluidos fueron:
- Cama de nogal: «Una cama con su barandilla, toda de nogal y codeladura«, valorada en 50 reales.
- Ocho sábanas: Incluyendo dos de «bramante fino» y seis de medianillo.
- Joyas de oro: Unos zarcillos que pesaban 17 adarmes, valorados en 300 reales, y varias sortijas de oro con diferentes piedras.
- Vestido de cristal de milán: Un «bestido de cristal de milán, basquiña y jubón«, tasado en 98 reales.
Cincuenta años después, es en un contrato de compraventa donde, por primera vez, la viña es llamada con el topónimo de Peñallana. Este nombre sustituirá al antiguo, Navalgrillo, hasta convertirse en su designación definitiva.

Las tumbas antropomorfas labradas en la roca en la viña que fue propiedad de Pedro Ramírez de Zamora, son un recordatorio silencioso y poderoso de que la historia de esta tierra es, en realidad, mucho más antigua, perdiéndose en la memoria de los siglos.
Rituales de cohesión comunitaria
En una comunidad definida por el aislamiento, el ciclo festivo se erigía como el principal mecanismo de cohesión social y articulación de la vida comunitaria. Estas celebraciones, tanto de carácter religioso como profano, no solo marcaban el paso del tiempo y las estaciones, sino que reforzaban los lazos de parentesco y vecindad, constituyendo el eje sobre el que giraba la interacción social de los viñeros. Así, la vida comunitaria se articulaba en torno a festividades que rompían la monotonía y reforzaban los lazos sociales, donde la comida jugaba un papel central en cada una de ellas:
Todos los Santos: Grupos de vecinos se reunían para recorrer las casas y, en un acto de travesura comunal, tapar las cerraduras de las puertas con gachas.
Navidad: La música de zambombas, bandurrias y guitarras acompañaba los cantes y bailes. Se comían dulces caseros como mantecados, perrunas y roscos, así como productos de la matanza, todo elaborado en los hornos propios.
Pocos momentos revelan tanto sobre una sociedad como la mesa en un día de fiesta. La cena de Nochebuena en la comarca de Andújar era un espejo de la brecha socioeconómica entre la vida rural de Las Viñas y la vida urbana del pueblo. Este contraste no es solo una anécdota culinaria. Es el reflejo de dos economías, dos clases sociales y dos formas de entender la celebración, todo ello expresado a través de los ingredientes dispuestos en la mesa navideña.
- La cena de las viñeras: Relatada por Luisa Medina y Encarnación López Brocal, el plato principal era un humilde pero contundente cocido. Para engrandecerlo, se le añadía un «revoltijo«: una mezcla de carne, huevos crudos, chorizo y pan rallado que se cocía junto al resto de ingredientes.
- La cena burguesa del pueblo: En contraste, en las casas burguesas iliturgitanas el menú reflejaba un mayor poder adquisitivo. Consistía en un primer plato de besugo al horno, seguido de un segundo plato de pavo guisado.

La Candelaria: En esta fiesta, los jóvenes se reunían para traer leña y encender una gran candela, alrededor de la cual bailaban y socializaban.
Santa Cruz: El 3 de mayo, se adornaba una habitación con los mejores enseres de la casa —mantones, colchas, flores— en torno a un cuadro o una cruz, que se mantenía alumbrada toda la noche con un candil de aceite mientras los vecinos se reunían a cantar.
Romería de la Virgen de la Cabeza: La costumbre viñera no era acudir al santuario, sino congregarse en el Collado de Valdeinfierno el sábado de romería para ver pasar a los romeros, entre cantes y bailes.

Otras celebraciones de índole familiar también estaban marcadas por rituales que reforzaban los lazos comunitarios. Así la formalización de una pareja, que se conocía como arreglarse, y ocurría habitualmente en el contexto de un baile, aunque en ocasiones el noviazgo se llevara con gran discreción, de tapaíya.
La matanza del cerdo en diciembre, más que una simple actividad de subsistencia, era un acontecimiento social de primer orden. Se invitaba a familiares y allegados, compartiendo un almuerzo con productos frescos del animal y una cena a base de cocido. La jornada culminaba con un baile que se prolongaba por la noche.

La práctica religiosa se articulaba en torno a la ermita de San José, donde se oficiaba misa durante las temporadas de estancia de las familias de Andújar, y la capilla de la Concepción, que celebraba misas con frecuencia e incluso una procesión en su día.
En la actualidad, la ermita de San José en Peña Caballera se encuentra en un buen estado de conservación, y mantiene su espadaña sobre su entreada adintelada. Acabó de construirse en 1664 por los propietarios de heredades de viñas cercanas. Se trata de una construcción de mampostería de una sola nave de reducidas dimensiones, rectangular.


La capilla (o ermita) de la Concepción de Peñallana, posiblemente fue edificada originariamente en el siglo XVII. Es una construcción de una sola nave de reducidas dimensiones con una espadaña sobre su entrada. El derrumbe de la cubierta ha dejado el edificio en situación de ruina.
Entre las construcciones religiosas de la sierra que se mantienen en pie, destacamos la ermita de San Miguel, una única nave rectangular de pequeñas dimensiones, levantada en mampostería y fábrica de ladrillo, con vano de acceso de medio punto y pequeña espadaña.


La ermita de San Francisco de La Goleta, o de las Capellanía data de 1722, cuando vecinos de esa zona solicitaron al obispo de Jaén licencia para que se pudiera celebrar misa en ella. Se trata de una pequeña edificación rectangular de una sola nave, con acceso de arco de medio punto en su fachada decorada con alfiz de azulejos y cuadro de azulejos con la imagen de San Francisco, rematada por una espadaña que mantiene su campana.
También en la sierra, pero mucho más al norte, una ermita construida en 1612 custodiaba una imagen de Ntra. Sra. del Rosario, que era procesionada hasta el Santuario en su fiesta y en el día de la Candelaria. La ermita fue deteriorándose hasta su completa ruina actual.

Pero la cohesión social en Las Viñas no puede entenderse únicamente a través de sus fiestas. Se sustenta también en procesos artesanales fundamentales que conectan la tierra, el trabajo y la comunidad. El profundo dominio de los recursos naturales se manifestaba en la práctica de oficios esenciales para la vida en la sierra, como la vinificación, la producción de carbón vegetal y la elaboración de pan, prácticas ancestrales que no eran meras tareas, sino la expresión de una profunda conexión con el entorno y un legado cultural que definía la identidad viñera, un conocimiento transmitido de generación en generación.
El ciclo de la vid

La vendimia definía por antonomasia la identidad, el trabajo y la cultura material de estas gentes, convirtiéndose en la celebración cíclica más importante, la que dio nombre al lugar, un trabajo comunal que transformaba la tierra en celebración líquida. Aunque la filoxera destruyó la base económica de la viticultura, el profundo sistema de conocimientos prácticos, rituales de trabajo y léxico especializado permaneció como pilar central de la identidad viñera.

Cuando la planta de la vid es baja se llama cepa, mientras la parra se adosa a la vivienda a modo de sombreado. Cuando cae la flor y empieza a salir la uva se dice que “está despojando la parra”.
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Miguel Casas Sequera, nacido en la viña de las Pavas (Los Majuelos), y Diego Garzón Majuelo, viñero desde su infancia, describen con detalle las fases de elaboración del vino:
- El proceso comenzaba con la pisa de la uva en el lagar, una tarea que se realizaba con los pies calzados con esparteñas especiales.
- El mosto resultante se recogía en un pozuelo y de ahí se trasladaba a grandes tinajas de barro.
- A las 24 horas, el líquido comenzaba a hervir, momento en el que debía ser espumado para evitar que se derramara.
- Pasados tres días se añadía arrope, un mosto cocido del propio vino, para enriquecer la fermentación.
- Dos semanas después, la tinaja se tapaba herméticamente para que el vino se aclarase y madurara, no estando listo para el consumo hasta cerca de la Navidad.
Si bien el proceso general era compartido, existían variantes, como prensar el orujo para extraer todo el zumo y el aprovechamiento del escobajo para elaborar vinagre.
El profundo conocimiento del ciclo de la vid se refleja en un vocabulario específico y rico, testimonio de una cultura material hoy casi desaparecida:
- Cepa: Nombre que recibe la planta de la vid cuando es baja.
- Pámpana: Sarmiento tierno y delgado o pimpollo de la vid.
- Tijereta: La punta enroscada y tierna del sarmiento.
- Despojando: El estado de la vid cuando, tras caer la flor, empieza a salir la uva.
- Escobajo: El esqueleto del racimo una vez quitadas las uvas.
- Lagar: Recipiente donde se pisa la uva; también el edificio que lo contiene.
- Orujo: El hollejo de la uva después de haber sido exprimida en la prensa.
- Trasiego: La acción de mudar el vino de una vasija a otra.


Según recoge Juan Vicente Córcoles de la Vega en su trabajo “La pérdida del viñedo en la Sierra de Andújar. Cambio de un paisaje”, durante los siglos XVII y XVIII la Sierra de Andújar vivió una auténtica edad de oro en la que el vino no solo era un producto, sino el motor económico y social de la comarca.
Las condiciones geográficas eran excepcionales para el cultivo del viñedo, a una altitud (450-580 metros) perfecta para la maduración de la uva, y sobre un terreno arcilloso-arenoso, con base de pizarra y granito, que aportaban carácter y mineralidad al fruto. Según se recoge en el Catastro del Marqués de la Ensenada de 1751, la superficie de viñedo alcanzaba las 4.369 Has., y la ciudad contaba con 26 tabernas.
Esta prosperidad, sin embargo, no sería eterna. Así, el final del siglo XIX la filoxera, un diminuto insecto parásito venido de América que ataca las raíces de la vid hasta matarla, fue el golpe de gracia para el paisaje vinícola de la sierra, arrasando 2.189 hectáreas de viñedo. Los campos de vides comenzaron a abandonarse, dando paso a una dramática transformación del paisaje que se prolongaría durante todo el siglo XX, sustituyendo las hileras de cepas por un manto de vegetación silvestre y, en algunos casos, por un nuevo cultivo dominante: el olivar, lo que supuso la redefinición de la economía agrícola de la sierra en zonas como Peñallana.
Pero cuando el sabor de aquel vino parecía borrado para siempre de la memoria de la tierra, la historia guardaba un último capítulo por escribir: tras un siglo de silencio, el eco de las vides ha vuelto a resonar en la Sierra de Andújar. En 2007, la iniciativa de Jose Luis Navarro devolviendo la vid al pago de Capellanía, ha permitido no solo recuperar un cultivo, sino también despertar una parte olvidada de la identidad local, demostrando que el futuro de un paisaje también puede escribirse recuperando lo mejor de su pasado.






Ejemplo de viña «reconvertida» para la producción de aceite de oliva, señalaremos la de Juan Montilla Romero, de la finca de La Parrilla. Siguiendo los comentarios a una fotografía proporcionada por Aurelius Ariza a Vicente Laguna para su web “Andújar en la Historia”:
“Se ve la cascada caer por el monte, hoy día solo queda el jardin por donde discurría el agua y un caserón donde se pueden ver las tinajas de cerámica donde se almacenaba el aceite de la temporada, ya que en el cortijo existía una fábrica donde se molía la aceituna, también se puede apreciar el caserón y la espadaña de la capilla, a la derecha un poco más lejos se aprecia un cementerio de los monjes que vivieron en dicho lugar y que posteriormente se convirtió en huerta, la parte visible del caserón es lateral ya que la entrada principal tenia un muro de piedra y unas palmeras algunas de ellas existen hoy”.
La cultura del pan
Más que un alimento, el pan era el eje de la vida doméstica y un símbolo de la autosuficiencia familiar, cuyo ritual era dominado por las mujeres.
1.- El proceso comenzaba llevando el trigo a un molino para cambiarlo por harina.
2.- Una vez obtenida la materia prima, en una artesa de madera, la mujer realizaba el «amasijo«, mezclando la harina, el agua y la levadura hasta conseguir la consistencia adecuada.
3.- Luego, se formaban los «pelotes» de masa, se les daba forma y se cubrían con un trapo para que fermentaran («se viniera el pan«).
4.- En un horno «borondo» (redondo) con suelo de ladrillo se realizaba la cocción: primero se calentaba quemando leña en su interior («cardear el horno«) y, una vez caliente, se barrían las ascuas hacia los lados con una escoba de retama para introducir las piezas de pan.

Tradicionalmente, la molienda del trigo seguía un ritual que, en el caso de la ciudad de Andújar, comenzaba en el Peso de la Harina, punto neurálgico del comercio de la ciudad, cuyo topónimo hace referencia a la puerta de la muralla donde se pagaba el impuesto que gravaba el consumo. A su cargo se encontraba el «fiel del peso» que anotaba los costales de trigo camino del molino, y si se correspondían con la cantidad de harina de vuelta, descontada la maquila, o comisión del molinero, y el despolvoreo, o polvo de harina que se pierde durante la molienda. Si todo era correcto, se marcaba cada saca con una etiqueta con la leyenda “va cumplida”. A pesar de normas y ordenanzas, era común la sisa de grano, supliéndose la falta con arena o mojando los costales para que pesaran más. Y es que ningún colectivo tenía peor fama que los molineros: “De molinero cambiarás, pero de ladrón no escaparás”.

Otro oficio tradicional de la sierra era el de carbonero, fundamental para obtener combustible. Nos relata el proceso de su producción José Gutiérrez García, criado en la finca «La Garsona»:
1. En primer lugar se formaba un horno o carbonera apilando leña de mayor a menor grosor. Los huecos se rellenaban con chesca (leña menuda) y todo se cubría con ramos y tierra, dejando unos orificios llamados troneras para la respiración del horno.
2. Se prendía fuego por la boca y la combustión duraba entre tres y siete días, dependiendo de la cantidad de leña, El carbonero regulaba el fuego tapando las troneras para que la madera no se consumiera demasiado rápido.
3. Una vez cocido, el carbón se extendía para que se enfriara. La leña que no se quemaba bien, los «tizos», se guardaba para el siguiente horno.
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La farmacia del monte: remedios populares
El detallado conocimiento del medio se aplicaba también a la medicina natural, pilar fundamental en la autosuficiencia de una comunidad aislada. El saber de plantas medicinales, que ha llegado hasta nosotros a través de Luisa Medina Buendía, con más de 40 años de viñera, constituía la base del sistema de salud local, cuyos remedios, transmitidos oralmente, se aplicaban para una amplia gama de dolencias.
- Cólicos: Infusión de cáscara de pepino seca.
- Diarreas: Cocción de la flor del chumbo y vinagrera.
- Insomnio: Infusión de margarrota o adormidera.
- Resfriados: Infusión de flor de malvavisco.
- Dolores de barriga: Infusión de yerbanieta y poleo.
- Heridas: Cocción de jara y romero. Para los cortes producidos durante la poda, se aplicaba directamente la yerba del podador machacada.

En otras ocasiones, la multiplicidad de remedios para una misma dolencia evidencia la importancia del conocimiento empírico y compartido en la comunidad, así como una pragmática de ensayo y error para enfrentar las amenazas más comunes del entorno. Como ejemplo, la picadura de alacrán, que se combatía con varios métodos:
- Una cataplasma de ruda y ajo machacados.
- Una cataplasma de raíces de «gamonito» machacadas.
- Aceite de oliva en el que se había sumergido un alacrán vivo hasta consumirse.
- Una infusión de «tembleque», una planta local con pequeñas esferas que tiemblan.
Para afecciones graves, a veces se recurría más a la superstición que a la medicina natural. Así, para la pulmonía, se guardaba la sangre del corazón de un ciervo macho para, una vez seca, hervirla y administrarla. En caso de dolencias cardíacas, se buscaba un pequeño hueso en el corazón del venado, se salaba y se secaba. La persona afectada debía llevarlo colgado junto a su propio corazón. Se creía que el tamaño de este hueso variaba con las fases de la luna, siendo mayor en luna llena.

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El relato a anterior narra la profunda transformación de este paisaje a través del tiempo, la crónica de cómo la historia, la economía y la naturaleza dialogan y dan forma al territorio que habitamos. Los testimonios directos recogidos por Jose Carlos de Torres, ayudan a entender el modo de vida de una comunidad cuya identidad se forjó en la aspereza y la riqueza de Sierra Morena, un microcosmos cultural modelado por una profunda conexión con el medio físico.


