A pesar del fracaso en su objetivo principal, como pieza fundamental en la navegabilidad del Guadalquivir, la Presa del Jándula no solo cumplió su función energética, sino que se erigió como una obra maestra de la ingeniería civil y una joya de la arquitectura expresionista española. De forma paralela, la actividad constructiva generó un efecto colateral imprevisto: el surgimiento del singular patrimonio arquitectónico de las Viñas de Peñallana, un testimonio único de la vida social y los gustos estéticos de una época.
Originalmente, las casas y fincas en la zona de las Viñas de Peñallana fueron concebidas con un propósito puramente funcional y económico. Su arquitectura era austera y su diseño respondía a las necesidades de la actividad viñera, antes que un lugar de esparcimiento. Sin embargo, a partir de la década de 1920, la percepción de las Viñas comenzó a experimentar una transformación fundamental, que iba más allá de lo estético para redefinir su función social. El enclave dejó de ser visto únicamente como un área de producción para convertirse en un espacio destinado al descanso y a las relaciones sociales. Las viviendas, antes austeras y funcionales, empezaron a reformarse y construirse para ser cómodas y confortables, adaptadas a su nuevo papel como residencias de recreo, construidas originalmente en estilo regionalista, para adoptar finalmente un depurado racionalismo en la conocida como Viña Gisbert.

«Menos es más».
Mies Van der Rohe
«Menos es aburrido«.
Robert Venturi
Este proceso no fue masivo en sus inicios, sino que estuvo liderado por un grupo selecto de ricos hacendados locales y miembros de la aristocracia, como Enrique Berenguer, José Sáenz de Tejada, Plácido Gisbert, José Moreno Torres (Conde de Santa Marta) y Rafael Pérez de Vargas (Conde de la Quintería).
El modelo de ocio iniciado por la élite no tardaría en ser adoptado por el resto de la sociedad, impulsado por una potente combinación de fervor ideológico y desarrollo económico. Tras la Guerra Civil, el fervor propagandístico del nuevo régimen y la restauración del Santuario de la Virgen de la Cabeza ampliaron el interés por la sierra. Las autoridades locales promovieron activamente que la ciudad viviera “…cara al sol de Sierra Morena”, incentivando la ocupación de la zona como un espacio de orgullo y esparcimiento.
El boom inmobiliario de los años sesenta representó la culminación de este proceso. Una marea de nuevas construcciones inundó la sierra, masificando el uso residencial y vacacional del enclave y consolidando definitivamente su nuevo carácter, que dió como resultado serios problemas ecológicos. La posterior declaración de la zona como Parque Natural fue una medida institucional con la que se pretendía atajar estos problemas y gestionar el impacto ambiental de décadas de desarrollo.
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Como características tipológicas de muchas de estas viñas, destaca su integración respetuosa en el paisaje, así como la presencia de un mirador-torreón que ejerce también funciones de secadero. Se articulan en dos módulos independiente, el correspondiente a la propiedad, y el que sirve de residencia a la familia del viñero encargados del mantenimiento y cuidado de la casa. La vivienda principal tiene su acceso a través de un porche de columnas, cubierto por una terraza a la que se accede por la planta alta, y conforma su distribución alrededor de una escalera de dos tramos. Por último, mencionar la confortabilidad y nobleza de sus acabados interiores (chimeneas, artesonados, etc).
La viñas regionalistas: el hogar de los ingenieros.
La prolongada presencia de un grupo de ingenieros, técnicos y personal administrativo de alto nivel durante los años de construcción de la presa del Jándula, actuó como un catalizador social y cultural. Este fenómeno dio lugar a un singular episodio arquitectónico en la cercana zona de Peñallana, donde surgieron una serie de residencias que rompieron por completo con la tradición constructiva de la sierra.
Los propios ingenieros vinculados a las obras, como Enrique Berenguer (que promovió la Viña San Francisco, la Viña Vasca y la Viña de Argimiro Rodríguez) y José Moreno Torres , fueron los promotores pioneros de estas edificaciones, conocidas localmente como «Viñas». Construidas inicialmente como viviendas para el personal durante la ejecución del proyecto, introdujeron el estilo historicista en un entorno rural, importando lenguajes arquitectónicos hasta entonces inéditos en la zona.

José Moreno Torres (Conde de Santa Marta) dirigió las obras de la presa durante la 2ª república, y llegaría a ser en la postguerra director general de Regiones Devastadas, presidente de la Compañía Tabacalera y alcalde de Madrid. En la foto, acompañando al Rey Alfonso XIII en una visita a las obras del Santo del Jándula, junto al Duque de Alba, el Conde de Guadalhorce y el ingeniero Carlos Mendoza.
La mayoría de estas viñas se caracterizan por la alternancia del encalado blanco con el ocre en las molduras, el uso de rejas artísticas y la cerámica vidriada, aunque dio lugar a una ecléctica combinación de estilos regionalistas, cada uno con ejemplos notables que aún perviven.
La Viña San Francisco, o “Casa Grande”, fue pionera en el leguaje regionalista en las Viñas. Convertida en Hospital de Sangre mientras duró el sitio republicano al Santuario de la Virgen de la Cabeza, vivió uno de los episodios más significados de la guerra civil en nuestro municipio, pues en una de sus salas murió el Capitán Cortés, tras ser abatido al final del asedio.

Foto J.A Palomino

La Viña Sáenz de Tejada destaca por una singular elegancia, con profusión del ladrillo visto en molduras, zócalos y recercados, y con un guiño historicista al Renacimiento en su porche de arcos de medio punto que evoca el Pabellón de Carlos V en los Alcázares de Sevilla. En el interior, un magnífico mural de la Virgen de la Cabeza prside el rellano de la escalera, y una suntuosa chimenea francesa y un excelente artesonado de madera decoran el salón principal de la vivienda.
Del historicismo original de la conocida como Viña de Argimiro Rodríguez no se conserva prácticamente nada, pues el ya nombrado alcalde de Andújar, la reformó durante la posguerra con un aire funcionalista. Fue escenario de usuales encuentros políticos, con personajes tan destacados como el mismo jefe del estado, Francisco Franco, y su ministro Camilo Alonso Vega.
Un estilo inusual y caprichoso en Andalucía, el regionalismo vasco-montañés, está ejemplificado en la Viña Vasca. Destaca por el uso masivo de la piedra en muros y columnas y las salientes cornisas de madera, evocando los caseríos del norte.

En la actualidad (principios de 2026), se está tramitando el expediente para la implantación de uso hotelero en la parcela que ocupan la Viña de Argimiro y la Viña Vasca, que supone la rehabilitación y ampliación de las edificaciones, así como la construcción de instalaciones complementarias como mini-market, gasolinera, campa de autocaravanas, etc.
La Viña de José Moreno Torres, en la actualidad propiedad de los descencientes de cecilio Puig de Miñón, es una fascinante miscelánea arquitectónica prefuncionalista. En su diseño, la rejería tradicional y el arco de medio punto se enfrentan a la modernidad de la ventana horizontal y la asimetría, creando un diálogo único entre el pasado y el futuro de la arquitectura serrana.
El racionalismo descontextualizado: la Viña Gisbert.
El auge constructivo en la sierra prendió rápidamente entre los grandes hacendados locales, como el Conde de la Quintería (actual viña de Mercedes Sáenz de Tejada, muy reformada) y José Sáenz de Tejada, quienes, emulando a los ingenieros de la Presa del Jándula, decidieron rehabilitar sus viejas construcciones o edificar viñas de nueva planta, con lenguajes arquitectónicos innovadores y desvinculados de la tradición constructiva agraria. Destaca sobre todas ellas la viña Gisbert, erigida en el corazón de la Sierra de Andújar en 1934, como un testimonio excepcional de la arquitectura del Movimiento Moderno en Andalucía.
La historiografía del Movimiento Moderno en España ha privilegiado tradicionalmente los grandes focos de Madrid y Barcelona, relegando con frecuencia las manifestaciones surgidas en contextos regionales. No obstante, el breve pero fértil período de la Segunda República (1931-1936) propició una notable eclosión de modernidad arquitectónica en todo el territorio nacional. La Viña Gisbert se presenta no solo como una manifestación de esta vanguardia en el sur de la península, sino como un crítico y paradigmático caso de estudio sobre la viabilidad del modernismo internacional en un contexto periférico y tradicionalista, un experimento cuyo resultado fue determinado en última instancia por la ruptura política.

El proyecto de José Corbella Pené para Plácido Gisbert, presidente de la Junta Local de Patronales, no es solo una residencia de recreo, sino que constituye un manifiesto que materializa tanto las aspiraciones de una burguesía ilustrada como la adopción de las vanguardias europeas en un contexto local y rural. Este espíritu se manifestó en otras obras coetáneas en Andújar, como son el Cine Tívoli, que Corbella construía junto con Francisco Alzado, o el Mercado de Abastos (1935-1940), un proyecto concebido en el apogeo republicano aunque completado tras el final de la guerra.
La Viña Gisbert supuso la cancelación de los últimos episodios de regionalismo ecléctico en la obra de Corbella, que emprende el camino purificador de un racionalismo no exento de clasicismo, rechazando lo superfluo. Su adhesión a un lenguaje racionalista, nítidamente inspirado en los modelos difundidos por las revistas de arquitectura alemanas, era una declaración de principios. Sin embargo, este compromiso con la vanguardia tuvo un alto coste personal y profesional: tras la Guerra Civil Española, la imposición de una nueva arquitectura oficial de corte historicista condenó a Corbella al ostracismo, obligándole a abandonar la región y regresar a Madrid, convirtiendo así a la Viña Gisbert en el vestigio de una vanguardia truncada. Su lenguaje arquitectónico, por tanto, no es solo una elección estilística, sino un testamento material del racionalismo ortodoxo, una corriente que defendía la primacía absoluta de la función y la pureza formal sobre cualquier elemento superfluo.
La obra es un ejercicio de depuración estilística donde cada decisión de diseño responde a una lógica funcionalista y a una estética de vanguardia. A pesar de su aparente aislamiento en la Sierra de Andújar, la Viña Gisbert participa activamente en el debate arquitectónico internacional de su tiempo. La obra de Corbella no es una imitación, sino un diálogo inteligente con los maestros del Movimiento Moderno, adaptando sus postulados universales a un contexto específico.

La conexión más directa y evidente se establece con la obra del arquitecto austriaco Adolf Loos. Tal y como afirma Rafael Casuso en su en su Propuesta para una revisión crítica de la arquitectura del siglo XX en Jaén, el paralelismo de la Viña Gisbert con la Casa Müller (Praga, 1930) es «más que evidente». Este célebre proyecto de Loos se convierte en el principal referente conceptual y formal para Corbella, especialmente en lo que respecta a la composición volumétrica cúbica, la radical desornamentación y la disposición asimétrica de los huecos en la fachada.
Sin embargo, aunque la obra se enmarca en la ortodoxia racionalista, Corbella introduce detalles originales que la distinguen de los postulados más dogmáticos de Loos y la enraízan en su entorno. Estos elementos, lejos de contradecir la intención moderna, la enriquecen y la adaptan al contexto de la Sierra de Andújar:
La cubierta de teja: En lugar de la canónica cubierta plana, se opta por una cubierta inclinada de teja tradicional. Sin embargo, su diseño es tan sutil que resulta apenas perceptible volumétricamente. Es una cubierta muy aterrazada que, mediante una ligera cornisa, subraya la prestancia cúbica del conjunto en lugar de negarla.
Los paneles de granito visto: Se incorporan aplacados pétreos de la zona en ciertas partes del edificio. Estos paneles no actúan como un revestimiento historicista, sino que se disponen de forma que realzan la obra sin encubrirla, vinculando la arquitectura con su lugar sin traicionar su lenguaje moderno.

El interior de la vivienda se articula en torno a la escalera como eje vertebrador principal. Situada en el centro de la planta, organiza la distribución e introduce un concepto dinámico del espacio, invitando al movimiento y a la interconexión visual entre niveles. Sin embargo, y a pesar de esta solución, el análisis del proyecto sugiere que la complejidad de la espacialidad interior quedó en un segundo plano. El interés primordial del arquitecto se centró en la funcionalidad, prestando especial atención a la incorporación de técnicas e instalaciones renovadas que respondieran a los modernos modos de habitar.
El diseño exterior del edificio es una declaración contundente de sus principios modernos. Sus características fundamentales son una lección de rigor y audacia:
- Diseño cúbico: La composición se basa en la interpenetración de volúmenes puros, generando un juego de formas limpias que rechaza cualquier ornamento. Esta simplificación volumétrica alcanza altas cotas de contundencia formal.
- Composición asimétrica: La fachada principal se articula a través de una disposición voluntariamente antisimétrica de macizo y hueco, una polémica deliberada contra las composiciones estáticas y axiales de la arquitectura academicista precedente.
- Tratamiento de superficies: La absoluta blancura de sus muros no es un mero detalle estético, sino un recurso deliberado para subrayar el carácter cúbico y desornamentado de la construcción, potenciando el juego de luces y sombras sobre los volúmenes puros.
- Acceso escénico: La penetración a la vivienda es una experiencia calculada, una transición escenográfica que guía al visitante desde el porche exterior al interior del edificio, coreografiando el acto de entrar.
Los elementos específicos adscriben inequívocamente la obra al catálogo del Movimiento Moderno: la ventana apaisada, rasgada horizontalmente en la fachada, que rompe con la tradicional ventana vertical y enfatiza la horizontalidad del plano, y las barandillas de tubo metálico en terrazas y balcones, que introducen una estética industrial, de diseño limpio y funcional, que se convirtió en un sello distintivo de la arquitectura racionalista.
La viña fue reformada en la década de 1970, momento en que se introdujeron elementos extraños a la construcción original, como escudos y columnas de piedra provenientes del edificio con frente a la plaza Vieja, que formaba parte del conjunto del antiguo castillo, y que había sido demolido en época de la República.

La Viña Gisbert es mucho más que un edificio bien resuelto; es un hito de la arquitectura moderna en Andalucía. Por su pureza cúbica, su radical desornamentación, su funcionalismo y su diálogo directo con los referentes europeos, la obra es un magnífico ejemplo del racionalismo ortodoxo. Se erige como un arquetipo de la arquitectura del Movimiento Moderno en la región, demostrando que los ideales de la vanguardia pudieron florecer más allá de las grandes capitales, encontrando en la burguesía ilustrada de provincias un cliente cómplice y visionario.
Pero esta obra se convierte asimismo en testimonio tangible de un momento histórico de optimismo y vocación de futuro que fue abruptamente interrumpido. El legado de la Viña Gisbert está indisolublemente ligado al proyecto de modernización impulsado por la Segunda República, un camino que fue truncado por el advenimiento de guerra. El posterior giro de la arquitectura oficial hacia lenguajes regionalistas e historicistas convirtió obras como esta en anomalías. Este contexto histórico incrementa su valor patrimonial, consolidándola como el testimonio de una vanguardia truncada y un recordatorio de la fragilidad del progreso cultural.

Fuentes básicas:
- Arquitectura historicista en las Viñas de Peñallana.
- El registro del MoMo (Movimiento Moderno) en
Andalucía: El caso de Andújar. - Arquitectura contemporánea en Andújar.
Rafael Antonio Casuso Quesada
